Los machos son capaces de detectar la presencia de la hembra por sustancias químicas (feromonas), que la hembra deja en la tela que rodea la entrada de su cueva. Los machos inician el cortejo, por lo general, vibrando su cuerpo a partir de movimientos espasmódicos de su tercer par de patas. Probablemente esta comunicación sea sísmica - a través del suelo - sin descartar la probabilidad de sonidos inaudibles para nosotros, emitidos por órganos llamados estridulatorios, que poseen muchas de ellas. También es frecuente un tamborileo alternado de palpos contra el suelo.





En esa posición, el peligro se transforma en placer. El macho eleva a la hembra y, penetrando por debajo de ella, estira sus palpos y los inserta alternadamente unas pocas veces, transfiriendo el esperma a la genitalia femenina.

Después, cubriéndose la retirada con vibraciones, toqueteos y demás caricias, el macho desengancha los quelíceros de la hembra y se retira con alguna ligereza, pero sin pánico. ¡Misión cumplida! Y así será su corta vida: deambulando (generalmente de noche) buscando hembras, cortejando, copulando y recargando los palpos mediante inducciones espermáticas...
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